El terror en sus presentaciones más nobles viene envuelto de sangre, tripas y alguna deformidad facial, con accesorios como sierras eléctricas, garfios, mascaras de hockey o cuchillos oxidados, todos sabemos que tarde o temprano, en estas películas que se desarrollan en medio del bosque, a media noche y de un lugar alejado tarde o temprano nos van a sacar un grito o algo mas.
Cuando vemos alguna película “de’spantos” sabemos que tarde o temprano vamos a soltar uno que otro grito, manotazo o ya de perdida vamos a engarruñar la pierna como si tratáramos de evitar que nos salpicaran de caca, eso ya lo sabemos, y para ello estamos preparados, además pues, la música nos anuncia cuando un momento terrorífico se acerca y hasta apretamos los dientes para no perder el estilo gritando como maricón de estética.
Sin embargo, los momentos mas terroríficos de mi vida, han sido verdaderamente en lugares que nunca los hubiera imaginado, recuerdo que cuando era niño veía con singular alegría las caricaturas, una de mis favoritas (no se por que) eran Tom y Jerry, seguramente por que era un pequeño mentecato, el caso era de que había un episodio en particular en el que por azares del destino, había un ratón blanco que se había tragado una dosis de nitroglicerina en un laboratorio y después de eso se había escapado, luego entonces, había una alerta generalizada en la ciudad para que en caso de alguien de la población encontrara al ratón blanco tuvieran mucho cuidado, ya que podía estallar volando todo en mil pedazos.
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